16 abr 2013

Café Pendiente



Imagine que entra a un bar y le pide al camarero un café. Se lo sirve, se lo bebe y a la hora de pagar no paga uno, sino dos. Al rato, llega al local una persona sin recursos y pregunta “¿Hay algún café para mí?”. E inmediatamente después, está consumiendo esta bebida sin costarle absolutamente nada.

De origen italiano, ha llegado a España el proyecto solidario Cafés Pendientes, al que ya se han acogido cerca de 57 establecimientos. “Encontré un artículo que hablaba sobre una tradición napolitana que consistía en pagar cafés a la gente más necesitada”, comenta Gonzalo Sapiña, el fundador de la plataforma.

Promovido por un grupo de jóvenes, Cafés Pendientes invita a realizar una acción sin ánimo de lucro y basada en la confianza. Los establecimientos que deseen participar en el proyecto tendrán que imprimir un distintivo que identifique que se adhieren en la campaña. Aunque para hacerlo no hace falta ponerse en contacto con la web creada expresamente para la iniciativa, el creador aconseja hacerlo para incorporarlos al mapa que está creando de todos los negocios participantes.

Según Sapiña, en la actualidad, esta costumbre italiana se ha exportado fuera del país y gracias a las redes sociales, #CafésPendientes se está extendiendo por todo el mundo. México, Colombia, Argentina y Panamá son algunos de los países que están impulsando la idea.

“Sin la ayuda de los dueños, todo esto no sería posible”, afirma. Reconoce que mucha gente pregunta si los propietarios se quedarán con el dinero extra de la recaudación, pero afirma que el local que se adhiere a la iniciativa es porque realmente está sensibilizado con la causa.

Como por ejemplo Bobber Café, en A Coruña. Su dueño, Roberto García, comenta a infoLibre que en los dos días que lleva adherido al proyecto, ha conseguido 43 cafés pendientes. Sin embargo, y a pesar de colgar carteles por la cafetería e imprimir folletos publicitándolos, nadie ha preguntado por estas consumiciones. El hostelero considera que no se atreven a reclamarlas por vergüenza, pero no ceja en su empeño y les anima a pedirlos sin apuro y sin que tengan la sensación de que están mendigando, ya que están pagadas.

No sólo ofrecen cafés

El proyecto se está ampliando a otro tipo de consumiciones. Aquellas personas sin recursos que lo deseen, pueden ir acumulándolas y cambiarlas por otro tipo de bebidas o por alguna comida, “ya que el importe pagado sería equivalente”, explica su fundador.

A pesar de vivir en época de crisis, la gente sigue apoyando las causas solidarias. Como explica Gonzalo Sapiña, esta idea tiene múltiples beneficiarios: la persona necesitada no paga nada por la bebida y el dueño del local que, al apoyar este tipo de causas, adquiere un valor añadido y una buena imagen entre sus clientes, que valoran este tipo de actos y prefieren ir a un establecimiento solidario, donde ayudan a los más necesitados y no juzgan sus circunstancias.

Una tradición de origen napolitano

Bajo el nombre de caffé sospeso, este proyecto surgió en la ciudad italiana de Nápoles. El escritor Luciano De Crescenzo explicaba al Corriere della Sera esta particular iniciativa: “Cuando un napolitano está feliz por cualquier razón, en lugar de pagar sólo un café, paga dos, uno para él y otro para el cliente que venga más tarde. Es como que si ofreciera una taza de café al resto del mundo”.

Sin embargo, este hábito ha ido progresivamente desapareciendo desde 2008, como reconocieron varios camareros y el propio De Crescenzo al diario italiano. Con el inicio de la crisis económica, los receptores de la idea han aumentado, mientras que los que pagan el café casi se han extinguido.

Para impulsar de nuevo este gesto solidario, nació en 2010 la Rete del Caffé Sospeso, una red cultural que dedica, entre sus muchas iniciativas, a repartir desayunos cada 10 de diciembre (Día Internacional de los Derechos Humanos).

Visto aquí 

15 abr 2013

Fotógrafo sigue la vida de su esposa con cáncer



Un caso más de la vida como fuente de inspiración del arte. El fotógrafo estadounidense Angelo Merendino captó la evolución de su esposa durante su lucha contra el cáncer.

El siguiente texto cuenta en detalle su historia, el final de su vida.

La primera vez que vi a Jennifer sabía. Yo sabía que ella era la elegida. Yo sabía, al igual que mi papá cuando contó a sus hermanas en el invierno de 1951 después de conocer a mi mamá por primera vez, “la encontré.”

Un mes más tarde Jen consiguió un trabajo en Manhattan y dejó Cleveland. Yo iría a la ciudad – a ver a mi hermano, pero realmente quería ver Jen. En cada visita mi corazón le gritaba a mi cerebro “, le digo!” Pero no podía reunir el valor para decirle a Jen que no podía vivir sin ella. Mi corazón finalmente se impuso y, como un chico de escuela, le dije a Jen “Estoy enamorado de ti.” Para el alivio de los latidos de mi corazón, los ojos hermosos de Jen se iluminaron y dijo: “¡Yo también!”

Seis meses más tarde, recogí mis pertenencias y viajé a Nueva York con un anillo de compromiso quemando un agujero en el bolsillo. Esa noche, en el restaurante italiano favorito, me puse de rodillas y le pedí a Jen que se casara conmigo. Menos de un año más tarde nos casamos en Central Park, rodeados de nuestros familiares y amigos. Más tarde esa noche, bailamos nuestro primer baile como marido y mujer, acompañado por mi padre y su acordeón – ♫”Estoy en el estado de ánimo para el amor … “♫

Cinco meses más tarde Jen fue diagnosticada con cáncer de mama. Recuerdo el momento exacto… La voz de Jen y la sensación de entumecimiento que me envolvía. Ese sentimiento nunca se ha ido. Nunca voy a olvidar cómo nos miramos a los ojos, el uno sostuvo las manos del otro. “Estamos juntos, vamos a estar bien.”

Con cada desafío que se acercaba. Las palabras se volvían menos importantes. Una noche Jen acababa de ser admitida en el hospital, el dolor estaba fuera de control. Ella me agarró del brazo, con los ojos llorosos: “Hay que mirarnos a los ojos, esa es la única manera que puedo manejar este dolor.” Nos amábamos con cada pedacito de nuestras almas.

Jen me enseñó a amar, a escuchar, a dar y creer en los demás y para mí. Nunca he sido tan feliz como lo fui durante este tiempo.

A lo largo de nuestra batalla, tuvimos la suerte de tener un fuerte grupo de apoyo, pero aún luchaba por conseguir que la gente entienda nuestro día a día la vida y las dificultades que enfrentamos. Jen tenía un dolor crónico de los efectos secundarios de casi 4 años de tratamiento y medicamentos. A los 39 años Jen comenzó a usar un caminador y estaba agotada de estar constantemente al tanto de todos los golpes y moretones. Estancias hospitalarias de más de 10 días no era raras. La frecuentes visitas al médico eran debido a batallas con las compañías de seguros. El miedo, la ansiedad y las preocupaciones eran constantes.

Lamentablemente, la mayoría de la gente no quiere escuchar estas realidades y en ciertos puntos sentimos nuestro apoyo desvaneciendo. Otros sobrevivientes de cáncer comparten esta pérdida. La gente asume que el tratamiento te hace mejor, que las cosas se hacen bien, que la vida vuelve a la “normalidad”. Sin embargo, no existe una persona normal con cáncer en la tierra. Los sobrevivientes de cáncer tienen que definir un nuevo sentido de la normalidad, con frecuencia diaria. ¿Y cómo pueden los demás a comprender lo que teníamos que vivir todos los días?

Mis fotografías muestran la vida cotidiana. Ellas humanizan el rostro de cáncer, en la cara de mi esposa. Muestran el reto, la dificultad, el miedo, la tristeza y la soledad que enfrentamos, que Jennifer se enfrentó, mientras luchaba con esta enfermedad. Pero lo más importante de todo, mostrar nuestro amor. Estas fotografías no nos definen, sino que somos nosotros.

El cáncer está en las noticias todos los días, y tal vez, a través de estas fotografías, la próxima vez que un paciente de cáncer se pregunte cómo él o ella está haciendo, junto con la escucha, la respuesta se reúna con más conocimiento, con empatía, comprensión y una preocupación más profunda y sincera.










“Ama a cada trozo de las personas en tu vida.” – Jennifer Merendino

12 abr 2013

¿Qué significa ser pobre?



Un Padre económicamente acomodado, queriendo que su hijo supiera lo
que es ser pobre, lo llevó para que pasara un par de días en el
monte con una familia campesina. Pasaron tres días y dos noches en
su vivienda del campo. En el automóvil, retornando a la ciudad, el
padre preguntó a su hijo, ¿qué te pareció la experiencia?

Buena, -contestó el hijo con la mirada puesta a la distancia.

Y... ¿qué aprendiste?, insistió el padre...

El hijo contestó:

Que nosotros tenemos un perro y ellos tienen cuatro.

Nosotros tenemos una piscina con agua estancada que llega a la
mitad del jardín... y ellos tienen un río sin fin, de agua
cristalina, donde hay pececitos, berro y otras bellezas.

Que nosotros importamos linternas del Oriente para alumbrar
nuestro jardín... mientras que ellos se alumbran con las estrellas
y la luna.

Nuestro patio llega hasta la cerca... y el de ellos llega al
horizonte.

Que nosotros compramos nuestra comida... ellos, siembran y
cosechan la de ellos.

Nosotros oímos CD's... Ellos escuchan una perpetua sinfonía de
zinzontes, chuíos, pericos, ranas, sapos, cucarrones y otros
animalitos... todo esto a veces dominado por el sonoro canto de un
vecino que trabaja su monte.

 Nosotros cocinamos en estufa eléctrica... Ellos, todo lo que
comen tiene ese glorioso sabor del fogón de leña.

 Para protegernos nosotros vivimos rodeados por un muro, con
alarmas... Ellos viven con sus puertas abiertas, protegidos por la
amistad de sus vecinos.

Nosotros vivimos conectados al móvil, al ordenador, al
televisor... Ellos, en cambio, están "conectados" a la vida, al
cielo, al sol, al agua, al verde del monte, a los animales, a sus
siembras, a su familia.

El padre quedó impactado por la profundidad de su hijo... y
entonces el hijo terminó:

Gracias papá, por haberme enseñado lo pobres que somos.


11 abr 2013

Asociación de Ex Hombres Lobo



La Asociación de Parkinson de Alicante se enfrentaba a un duro problema: por un lado, el descenso de subvenciones y ayudas y por otro lado, el hecho de que el Parkinson es una enfermedad poco conocida en la sociedad. Así, se han basado en la figura de Mickael J. Fox, un famoso actor que padece esta enfermedad y la ha dado a conocer en todo el mundo, para crear una original campaña.

“Si Michael J. Fox tiene parkinson y de joven interpretó a un hombre lobo, quizá ser hombre lobo produzca Parkinson” es la premisa bajo la que han creado esta campaña. Así, la Asociación de Parkinson de Alicante, se ha convertido en la Asociación de Ex Hombres Lobo de Alicante”. Una transformación necesaria por una sencilla razón que ellos mismos explican: ser enfermo de Parkinson no interesa a nadie, pero ser ex hombre lobo sí.

Esta iniciativa aprovecha que hoy 11 de abril es el Día del Parkinson para hacer llegar la enfermedad y la asociación a la sociedad y conseguir captar socios, algo muy necesario para su supervivencia en los tiempos que corren. La campaña tiene una fuerte presencia online, con un microsite, perfiles en Twitter y Facebook y un precioso vídeo para contar la historia. Sin duda, una campaña de estas que tocan la fibra sensible y te llama a la acción.

¡Aúlla con ellos!


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10 abr 2013

Delirio de control



Voy a visitar a una persona que acudió voluntariamente, por su propio pie y por iniciativa propia, a un hospital psiquiátrico. Alguien que, reconociéndose en estado 'alterado', solicitó ayuda a los especialistas de la salud mental. Alguien que, al decir del psiquiatra que lo lleva ahora, en todo momento se ha mostrado tranquilo (yo diría que sumiso).

Desde la calle entro en un recibidor vacío que conduce directamente al mostrador de 'recepción'. Declaro a quien deseo visitar y me identifico como familiar próximo. Después de una consulta telefónica la 'recepcionista' me abre la puerta al patio. Antes ha negado la entrada -desde el patio- a un interno que lo ha solicitado a través del cristal y las rejas.

Me acerco al pabellón correspondiente observando lo amplio que es el recinto, con patios y jardines. Los edificios me recuerdan a los antiguos del Sant Pau de Barcelona. Hay bastantes internos deambulando sin una dirección determinada. Uno de ellos me pide un euro y, al excusarme diciendo que no llevo monedas, me pide un cigarrillo.

Cuando llego al pabellón, otra vez encuentro una recepcionista ante la que me tengo que identificar. Me dice que me espere. Llave en mano abre una puerta y vocifera el nombre del visitado. Cuando muestro la bolsa con enseres que traigo para el visitado, la 'recepcionista' les da una ojeada verificando la 'corrección' de los enseres.

Llega el visitado, el interno, el 'paciente'. Después de la primera salutación sugiero dar una vuelta por el recinto o sentarnos en el bar de la institución. Se me notifica que, mientras el psiquiatra no lo autorice, no puede salir del pabellón; "pero ya puede estar -determinadas horas- en la sala grande donde hay televisión" se me comunica a modo de consuelo. Se nos invita a estar en una de las salas de visita donde, de momento, no hay nadie más.

Un vez superado un período de prueba los internos pueden participar en algunas actividades que organiza la institución. Pueden, por ejemplo, asistir a sesiones de arteterapia (pero no pueden usar sus propias acuarelas cuando lo estimen oportuno).

El visitado me pide le saque algún dinero de la libreta de ahorros (guardada en algún lugar de la institución) y hago gesto de sacar la cartera. Aprendo que, dentro de la institución, se funciona con vales. Hay una especie de banco donde se ingresa el dinero y se recibe un vale; luego, alguna 'autoridad' debe autorizar el uso pormenorizado que se da a este dinero ¡no más de dos consumiciones al día! (sin alcohol y sin cafeína, por supuesto).

El personal se comporta en todo momento con amabilidad. Pero los internos no pueden hacer nada por propia iniciativa. Todo está predeterminado. Muchas horas al día para pensar o deambular sin rumbo. Y unas pocas estrictamente pautadas.

Cuando me voy, hay una pregunta que no consigo quitarme de la cabeza ¿para qué sirve ese régimen carcelario? (régimen carcelario en 'dulce', pero régimen carcelario al fin y al cabo) ¿Para qué este des-empoderamiento? ¿Qué incita a esta forma 'tratamiento'?

El único calificativo que se me ocurre es 'delirio de control'. Lo he conocido antes. Durante años he trabajado free lance con sistemas de control de producción en industrias manufactureras. Totalmente necesario, sin ello las personas nos columpiaríamos y los costes se dispararían. Pero cuando se excede (cuando se pretende controlar absolutamente cada uno de los pasos que da el operario) produce el efecto contrario al deseado: los costes se disparan. (hay desmotivación generalizada, baja la productividad aún cuando todo el mundo intente achacárselo a otros; las máquinas tienden a estroperase más; los materiales y componentes que provienen de fuera tienden a padecer más defectos, etc. etc.)

Por cierto, algunas empresas al no conseguir ese 'control total' cerraron y se trasladaron a otro países con normativas más permisivas. Ahora pueden producir más y más barato. Lo que no pueden es venderlo porque una gran parte del mundo ha perdido poder adquisitivo. (Solo obtienen buena venta los productos muy baratos y los productos de lujo. Los dos extremos de lo que antes fue una extensa gama).

***

Una pequeña búsqueda y descubro que el 'delirio de control' se ha detectado también en la sanidad en general. En B-Salut (Revista de Innovación y Gestión Sanitaria) encuentro un interesante artículo del que extraigo unos pocos párrafos:
En psiquiatría se define el delirio de control como la creencia delirante de que uno está siendo controlado en su cuerpo o mente por personas o dispositivos. En gestión, se trata de un estado patológico con indudables efectos nocivos sobre el comportamiento organizativo eficiente.
..
Se manifiesta con alta prevalencia en culturas organizativas excesivamente jerárquicas, en las que el manejo del poder hace que los individuos adquieran un apego a la costumbre y a la autoridad, que no suelen cuestionar.
..
Depositar los referentes de actuación en directrices de jefes y/o en conocimiento experto ajeno, lleva a una cultura de inacción, miedo al error e incapacidad de aprender de la experiencia.
***

Quizá sea una característica de nuestra época este deseo enfermizo de "tenerlo todo bajo control". Parece que cueste aceptar que no tenemos el control total de nada. Ni de nuestra vida, ni de nuestras posesiones ni, mucho menos, de otras personas. Esto no es ningún problema, es la condición humana. Epicteto recomendaba empezar por distinguir entre lo que está en la propia mano cambiar y lo que no (para dirigir los esfuerzos hacia cosas productivas, para no delirar).


Visto aquí