¡Recordemos bien, sin embargo, que la comida que se tira es
como si fuera robada de la mesa de los pobres y de los hambrientos!
19 jun 2013
Que lo recuerden
Emotivo y contundente video de “Acción contra el hambre” para recordar a los políticos porque son políticos.
17 jun 2013
Claudia Silgado
Está detrás del proyecto 'los pilanderitos', que busca
acercar a los niños del barrio El Pozón, de Cartagena (Colombia), a los libros.
Claudia Silgado (39 años, Fundación, Magdalena) parece
tímida. Camina despacio, habla suave, no mira fácilmente a los ojos. Pero cuando
coge un libro y empieza a leer, es otra. Su voz toma otro volumen, su mirada es
fija, sus manos no se quedan quietas. Es una mujer alta, de pelo ensortijado,
de labios gruesos, que siempre se viste con faldas largas y anchas y que no
puede negar que la lectura la transforma. Tal vez de allí su obsesión por los
libros y porque los niños se apropien de ellos.
Quiere que El Pozón, un barrio pobre, marginado, en donde
parece que el único transporte es el mototaxi, donde caminar por sus calles sin
tragar polvo es imposible (las calles no tienen pavimento) y donde se registra
buena parte de casos de violencia contra las mujeres de Cartagena, sea otro.
Y desde hace cinco años ha trabajado para lograrlo. Ella, a
diferencia de otras mujeres líderes de la región, sí pudo estudiar. Es
licenciada en lengua castellana y comunicación social. Por eso, su labor en el
sector no es su única opción de vida, aunque sí la que mejor la hace sentir.
Tiene ofertas de trabajo pago, con contrato, con garantías, pero prefiere estar
ahí, en El Pozón. A veces sin sueldo, pero con la satisfacción de estar
ayudando a generar un cambio.
Su historia allí comenzó con una invitación a cuidar la
biblioteca comunitaria. Aceptó, a pesar de que al llegar descubrió que en ese
lugar había estantes, mesas, papeles. De todo, menos libros. "Eso fue lo
primero que me despertó, que me movió, que me motivó", cuenta. Con amigos
y sus propios libros logró armar una biblioteca de verdad, que poco a poco
empezó a tomar forma, pero que siempre permanecía vacía. "La gente cree
que los niños no leen", dice, mientras hace énfasis en la frase y explica
que piensa lo contrario. "Lo que pasa es que nos equivocamos cuando
imponemos lecturas, cuando obligamos, cuando no sabemos cuál es el camino indicado
para hacerlos enamorar de la lectura", señala.
Y ella parece haber encontrado ese camino. Un mes después de
llegar a la biblioteca se le ocurrió crear 'Los pilanderitos', un grupo que se
reuniera a leer y que llevara ese nombre en honor a las pilanderas que abundan
en la región. "Nadie daba un peso por mí, no creían que alguien se uniera
al proyecto", recuerda. Pero se equivocaron. El día en que lanzó el
programa, Claudia se fue a la calle, a buscar puerta por puerta a niños que
quisieran leer. Ella tiene en su memoria al primero que le aceptó la propuesta.
Se llama José Daniel, tenía en ese entonces diez años.
“Él me acompañó los días siguientes a caminar, a invitar, a
motivar”. El segundo miércoles que se reunió el grupo, que hasta ese momento
era de solo dos, llegaron cinco niños más. Y así, casi sin darse cuenta, un día
estaba leyendo un libro frente a decenas de niños, que no estaban allí por
obligación. "Ese día me di cuenta de que no podía desistir, en diez años
ellos van a ser los que le cambien la cara a El Pozón", dice.
Ella lee y a los niños les gusta oírla. Pero también
disfrutan hacerlo ellos. Algunos llegaron a sus manos sin saber hacerlo. Ahora
leen a Raúl Gómez Jattín, a Rómulo Bustos. También disfrutan de la poesía
negra. "Es ahí por donde hay que empezar, para que reconozcan y sientan
orgullo de ser lo que son. De sus pelos ensortijados, de sus labios grandes, de
su piel", dice. Y parece que estuviera haciendo su propia descripción
física. Así es ella. Y dice que jamás intentaría tener el pelo de otra manera,
ni hablar con otro tono. "Eso es lo que nos hace diferentes,
auténticos", señala.
Claudia y su proyecto sobreviven gracias al apoyo de algo
que ella llama "los ángeles clandestinos", gente que dona dinero,
muchos sin identificarse, pero todos con el mismo propósito: lograr que la
lectura logre transformar un barrio tan violento. "No es fácil y hasta
hace muy poco descubrí que en este proceso soy la líder, no me puedo
detener", asegura. Siempre quiso ser profesora, pero entre sus planes no
estaba hacerlo gratis y en un lugar tan difícil. "Mi esposo y mi hijo me
apoyan. Tengo el respaldo de ellos", cuenta y, entre risas, recuerda que
una vez su mamá le preguntó “¿Por qué no te buscas un trabajo serio en el que
por lo menos te paguen", después de un minuto de silencio, su mamá
continuó, "mejor no, yo creo que tú sin esos niños te me mueres".
"Uno se da cuenta en pequeñas cosas que está haciendo
algo importante. He visto cómo niños que eran abusados y no tenían ningún
objetivo en la vida, ahora escriben y dicen que quieren contar sus
historias", asegura. Recuerda también lo que ha sentido cuando ha visto
cómo en medio de peleas entre pandillas (que allí son muy comunes), le han
demostrado lo que ella significa para la comunidad. "Una vez terminaba de
dar un taller, iba por una calle y dos bandos se estaban peleando a piedra y
palo. Uno de ellos dijo 'paren porque va a pasar la seño'. Y todos se
detuvieron". Ese recuerdo obliga a parar su relato. Llora. Más adelante
explicaría que le duele no ver muchas opciones para los jóvenes del sector.
Poca educación, pocas oportunidades laborales. Por eso, espera que ahora logre
hacer realidad 'Casa habitada', su nueva idea.
Se trata de una estructura que albergue espacios para la
lectura, pero también para la danza, el teatro. Un centro de cultura en medio
de la violencia, para acabar con ella. "Algunos muchachos me dicen que
necesitan un lugar a donde ir cuando sus papás los maltratan, qué mejor que sea
un espacio donde se formen y no en la calle, en donde terminan cayendo en manos
de pandillas", dice. Y su proyecto ya empezó a andar. Dice con orgullo que
ya le tiene logo, explica que el nombre lo tomó de un cuento de Julio Cortázar
y que gracias a la donación de un canadiense ya tiene sillas, mesas, escritorio
y un archivador. Lo único que le falta (y lo dice sin un dejo de desesperanza)
es el lote, la casa. "Suena lejano, lo sé, pero creo que lo vamos a
lograr". Como ejemplo de cosas que aunque parecían imposibles, ha
alcanzado, recuerda el festival alterno al 'Hay Festival de Cartagena', que
cada inicio de año llena de intelectuales a la ciudad amurallada.
"Nosotros también tenemos nuestro festival de
literatura, vamos a los barrios, leemos. Eso sí, nunca cobramos. Eso hace la
diferencia con el otro festival, que se queda con la atención de los medios y
de los extranjeros", dice.
Claudia ha aprendido en los últimos años algo de leyes. Dice
que debe hacerlo para defender sus ideas. "Si uno no sabe cómo hacer una
tutela o un derecho de petición todo es más difícil", advierte, pero
descarta especializarse en temas jurídicos. "Lo mío son las letras",
señala. Y para demostrarlo, alista para final de este año su primer libro de
poesía.
Sally Palomino C.
Visto aquí
14 jun 2013
Hemos perdido el arte de las relaciones sociales
La humanidad ha olvidado cómo ser feliz, advierte el
sociólogo polaco
“Hay que replantearse el concepto de felicidad, se lo digo
totalmente en serio”. El hombre que bautizó este tiempo de incertidumbre como
modernidad líquida repara durante gran parte de la conversación en el deseo más
universal de la humanidad. El filósofo y pensador Zygmunt Bauman (Poznan,
Polonia, 1925) cree que se nos ha olvidado cómo alcanzarla: “Generamos una
especie de sentido de la culpabilidad que nos lo impide”.
Bauman recaló recientemente en la capital para ofrecer una
conferencia en la Universidad Europea de Madrid a propósito de su último libro
Sobre la educación en un mundo líquido, publicado en 2013. La conversación
transcurre en una mesa de reuniones, frente a una botella de agua que apenas
toca y un gran ventanal. Y ahí, con un gesto grave como su voz, profundiza
sobre la felicidad, la crisis económica, las redes sociales o la juventud. “La
búsqueda de una vida mejor es lo que nos ha sacado de las cuevas, un instinto
natural y perfectamente comprensible, pero en el último medio siglo se ha llegado
a pensar que es equivalente al aumento de consumo y eso es muy peligroso”,
señala el premio Príncipe de Asturias 2010. Con mirada enérgica, anima a
cambiar los referentes: “Hemos olvidado el amor, la amistad, los sentimientos,
el trabajo bien hecho”. Lo que se consume, lo que se compra “son solo sedantes
morales que tranquilizan tus escrúpulos éticos”, despacha el filósofo que, a
sus 88 años, arranca y despide el encuentro matutino fumándose una pipa de
tabaco y un cigarro.
Describe un círculo vicioso familiar a propósito de la
asociación de felicidad y consumo. El padre o la madre que dedican parte del
sueldo a comprar la consola al hijo, porque se sienten culpables al no
dedicarles tiempo. Le hacen el regalo, pero el modelo queda obsoleto pronto y
se comprometen a facilitarle el siguiente. “Para pagarlo necesitarán más éxito
profesional, estar más disponibles para el jefe, usar un tiempo que quitarás a
tu familia...”.
Zygmunt Bauman no tiene teléfono móvil ni perfil en las
redes sociales, pero “desgraciadamente” se ve obligado a observarlos de cerca:
“No tengo más remedio que interesarme por estos fenómenos por motivos
profesionales”. Abomina de ellos porque considera que invaden todos los
espacios y diluyen las relaciones humanas. “El viejo límite sagrado entre el
horario laboral y el tiempo personal ha desaparecido. Estamos permanentemente
disponibles, siempre en el puesto de trabajo”, dice.
No le gusta el papel que juegan en la vida laboral y tampoco
el que suplantan, en su opinión, en las relaciones personales. Se acuerda de
Mark Zuckerberg, que ideó la red Facebook para ser un chico popular.
“Claramente ha encontrado una mina de oro, pero el oro que él buscaba era otro:
quería tener amigos”.
“Todo es más fácil en la vida virtual, pero hemos perdido el
arte de las relaciones sociales y la amistad”, se detiene. Las pandillas de
amigos o las comunidades de vecinos “no te aceptan porque sí, pero ser miembro
de un grupo de en Facebook es facilísimo. Puedes tener más de 500 contactos sin
moverte de casa, le das a un botón y ya”.
visto aquí
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12 jun 2013
El amor
Erase que se era un aula de un colegio donde había varios
niños, cuando uno de ellos preguntó a la maestra:
-¿Maestra, que es el amor?
La maestra sintió que el niño merecía una respuesta a la
altura de la pregunta inteligente que había hecho.
Como estaban en hora de recreo, pidió a cada alumno que
dieran una vuelta por el patio de la escuela y trajesen lo que más le
despertara en ellos el sentimiento del amor.
Los chicos salieron apresurados y... cuando volvieron la
maestra les dijo:
-Quiero que cada uno muestre lo que trajo consigo.
El primero dijo: -Yo traje esta flor, no es linda?
El segundo habló: -Yo traje esta mariposa, vea el colorido
de sus alas, la voy a colocar en mi colección.
El tercero completó: -Yo traje este pichón de pajarito. Se
cayó del nido junto con otro hermano, no es gracioso?
Y así los chicos uno a uno, fueron colocando lo que habían
recogido en el patio. Terminada la exposición, la maestra notó que había una
alumna que no había traído nada y que se había quedado quieta todo el tiempo,
ella estaba avergonzada, pues nada había traído.
La maestra se dirigió a ella y le preguntó:
-Muy bien y tu por que no has traído nada? Y la niña le
respondió tímidamente:
Vi la flor y sentí su perfume, pensé en arrancarla, más
preferí dejarla para que su perfume exhale por más tiempo.
Vi también la mariposa, suave, colorida, ella parecía tan
feliz que no tuve el coraje de aprisionarla.
Vi también el pichoncito caído entre las hojas, pero.... al
subir al árbol noté el mirar triste de su madre y preferí devolverle al nido.
Por lo tanto maestra, traigo conmigo el perfume de la flor,
la sensación de libertad de la mariposa, y la gratitud que sentí en los ojos de
la madre del pajarito.
- Como puedo mostrar lo que traje?
La maestra agradeció a la alumna y le dio la nota máxima:
“Sólo podemos traer el amor en el corazón”
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