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23 oct 2013
La familia
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7 oct 2013
Sandra Pérez
Vive en Chumbum, el barrio más antiguo de María La Baja, Colombia. Su
misión, defender a los despojados de la violencia.
Sandra Pérez (44 años, María La Baja) siempre lleva un
turbante en la cabeza. Varía el color, según la ocasión. Sabe que le luce, pero
sobre todo se envuelve su pelo en trapos porque es una muestra de su identidad,
de sus raíces. Su casa está adornada con un letrero que dice ‘La fantasía’,
acompañado por un logo del Instituto de Bienestar Familiar (ICBF). Su vivienda
siempre tiene las puertas abiertas. No por el calor, que supera los 37 grados,
sino porque es el lugar en donde los niños de su comunidad encuentran juguetes,
lápices, colores, abrazos.
Sandra es madre comunitaria. También es la mujer que lidera
el tema de restitución de tierras en el marco de la Ley de Víctimas en su
región, fuertemente golpeada por la violencia a finales de los años noventa.
Recientemente fue elegida como una de las colombianas que cambian al mundo por
la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID). “Yo
no sé si cambie el mundo, pero sí ayudo en algo”. Sandra es modesta. De no
haber sido por las denuncias que ha hecho, muchas cosas en su pueblo estarían
mal.
Fue ella, y con eso descubrió su liderazgo, quien logró que
unos subsidios que estaban tomando el rumbo equivocado, terminaran en las manos
que correspondía. “Por eso, despidieron a quien en ese entonces era gerente del
Banco Agrario”, cuenta Sandra. Ahora está tratando de que el matadero, que está
ubicado en pleno casco urbano, sea llevado a otro lugar.
“Hemos notado que la contaminación que genera ya está
causando daño. Cuatro muertes de menores se han registrado en esa zona. Estamos
investigando, si se comprueba que es efecto del matadero, no habrá más excusas
para no reubicarlo”, dice. Sandra trata de solucionar problemas en lo urbano y
también le preocupa lo rural. Sabe que María La Baja y en general Los Montes de
María es una zona en donde a pesar de la desmovilización de los paramilitares,
la inseguridad persiste.
Una de sus hijas, la mayor, es consciente de eso. Tal vez
esa fue la razón que la llevó a arrodillarse y pedirle que dejara el tema de
las tierras, que no se arriesgara más. “Mi hija llorando me lo pidió, pero yo
le digo que debemos confiar en que al que actúa bien, no le va mal”
, dice. Y
esa es su forma de encomendarse porque además de estar en la mesa de
restitución, hace parte de la mesa de víctimas de su región.
“No podemos abandonar lo que empezamos. La lucha hay que
continuarla”, sentencia. Sandra, también es presidente de la Junta de Acción
Comunal de su barrio. Desde ahí también ha librado ‘batallas’ por el respeto a
los niños, a los adultos, a las mujeres. “La idea con las mujeres es que sepan
que tienen derecho a opinar, a pensar, aunque parezca raro aún hay unas que no
lo saben”. Para eso, trabaja en Afromar, una ONG que agrupa mujeres. Pretende
lograr que se empoderen de lo que son.
Por ahí, dice ella, empiezan muchos procesos. “Por saber qué
somos, de dónde venimos, a estar orgullosos con nuestros churcos, nuestros
labios gruesos. A ser felices con ser afros”, reitera.
Sandra no se opone a la celebración de la Afrocolombianidad,
pero cree que es necesario ir más allá. “Durante esa fecha se debería pensar
más en cuáles son nuestras problemáticas y tratar de ver alguna forma de solucionarlas,
teniendo en cuenta nuestra participación. Por ejemplo no olvidar que existe la
consulta previa, que a veces parece pasar inadvertida en decisiones
importantes”, insiste.
SALLY PALOMINO C.
25 sept 2013
Angélique Namaika
Una inspiradora monja congoleña gana el premio más importante
concedido por ACNUR
La oficina del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los
Refugiados (ACNUR) ha anunciado hoy que la ganadora del Premio Nansen para los
Refugiados de este año es una monja congoleña que trabaja en la región noreste
de la República democrática del Congo, con supervivientes del desplazamiento y
abusos por parte del Ejército de Resistencia del Señor (Lord Resistance Army
–LRA- por sus siglas en inglés).
La hermana Angélique Namaika, a través de su Centro para la
Reintegración y el Desarrollo, ha ayudado a transformar las vidas de más de
2.000 mujeres y niñas que han sido obligadas a huir de sus hogares y que han
sufrido abusos, principalmente a manos del grupo rebelde LRA. Muchas de las
mujeres a las que ha ayudado han sufrido secuestros, trabajos forzosos,
apaleamientos, asesinatos, violaciones y otros abusos de derechos humanos.
Su
enfoque personalizado las ayuda a recuperarse del trauma y el daño. Además de
los abusos que han sufrido, estas mujeres y niñas vulnerables, a menudo son
rechazadas por sus propias familias y comunidades por sus experiencias.
Se
necesita un cuidado especial para ayudarlas a curarse y recomponer sus vidas.
La hermana Angélique lo hace ayudándoles a formarse como comerciantes, a montar
un pequeño negocio o a regresar a la escuela. Los testimonios de estas mujeres
muestran el importante impacto que ha tenido la hermana Angélique ayudándolas a
cambiar sus vidas. Muchas de ellas la llaman con cariño “madre”.
El anuncio de
la ganadora del premio Nansen, coincide con la publicación de un informe sobre
las personas desplazadas por la violencia del LRA. Desde 2008 se estima que
unas 320.000 personas se han visto forzadas a huir de la provincia de
Orientale, en RDC, y en algunos casos en varias ocasiones. El informe,
elaborado por ACNUR y el Centro de Seguimiento de Desplazamiento Interno (IDMC
por sus siglas en inglés) subraya cómo la violencia del LRA ha provocado un
trauma grave y duradero tanto para los secuestrados como para las cientos de
miles de personas que todavía temen regresar a sus hogares.
La propia
Angélique fue desplazada por la violencia en 2009 cuando vivía en la ciudad de
Dungu, en la Provincia Orientale. Conoce el dolor de tener que huir de tu hogar
y es, en parte, lo que la mueve a trabajar cada día para ayudar a los que lo
necesitan.
El Alto comisionado de la ONU para los Refugiados, António Guterres
elogió a la premiada “La hermana Angélique trabaja sin descanso para ayudar a
mujeres y niñas que son extremadamente vulnerables debido a su trauma, la
pobreza y el desplazamiento. Los retos son muchos y eso hace su trabajo aún más
destacable; ella no permite que nada se ponga en su camino”.
Aunque trabaja en un lugar donde la electricidad, el agua
corriente y los caminos asfaltados escasean, la labor de la hermana Angélique
es extraordinaria. Puede carecer de las herramientas adecuadas y apenas tiene
recursos, pero nada le frena. Ha convertido en el trabajo de su vida el aliviar
el sufrimiento de las mujeres y niñas desplazadas para darles esperanzas
renovadas de cara al futuro.
“Las vidas de estas mujeres se han visto
quebrantadas por la violencia brutal y el desplazamiento; la hermana Angélique
demuestra cómo una sóla persona puede marcar una gran diferencia en las vidas
de las familias separadas por la guerra. Es una auténtica heroína” añadió
Guterres.
Respondiendo a este anuncio, la ganadora ha declarado: “Es
difícil imaginar cuanto han sufrido las mujeres y las niñas víctimas del LRA.
Llevarán las cicatrices de la violencia para el resto de sus vidas. Este premio
supondrá que más personas desplazadas en Dungu podrán obtener la ayuda que
necesitan para reconstruir sus vidas. Yo nunca dejaré de hacer todo lo que
pueda para darles esperanza y la oportunidad de volver a vivir”.
La hermana
Angélique recibirá el Premio Nansen para los Refugiados y la Medalla Nansen en
una ceremonia que se celebrará en Ginebra el próximo 30 de septiembre. El
evento contará con la presencia del popular escritor Paulo Coelho y con las
actuaciones musicales de la cantautora británica Dido, la malaya Yuna y los
músicos malienses nominados a un Grammy, Amadou y Mariam.
Tras la ceremonia la
hermana Angélique viajará a Roma, donde será recibida en el Vaticano por el
Papa Francisco el día 2 de octubre antes de partir hacia París, Bruselas y Oslo
para mantener otros encuentros.
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29 jul 2013
Asean Johnson
La medida ha provocado la movilización de la ciudad que ha salido a la calle para manifestar una rotunda oposición. El alcalde, por su lado, ha declarado que el cierre de escuelas responde a que la mayoría de los centros están vacíos.
“Rahm cree que somos juguetes (…) no le importan nuestras escuelas (…) Él no se preocupa por nuestra seguridad. Incluso ha trasladado a una mujer de Detroit, que ni siquiera sabe nada sobre las calles de Chicago, para cerrar estas escuelas (…)
Usted debe invertir en estas escuelas no cerrarlas”, sentenció el pequeño en su agresivo discurso que concluyó instando a ocupar el ayuntamiento: “No vamos a ser trasladados hoy vamos al ayuntamiento. No nos vamos sin luchar”.
El niño, que necesitó una silla para alcanzar el micrófono del atril, dejó ir una de las frases más polémicas al afirmar que el 90% de los cierres afectan a escuelas con mayor presencia afro americana. “Esto es racismo”, sentenció el niño de 9 años.
El manifiesto ha corrido como la pólvora en las redes sociales y parte de los comentarios encumbran al pequeño que es tildado de ‘pequeño Obama’ por su origen, discursos y movilización.
De hecho, sus palabras como “somos negros y estamos orgullosos, somos blancos y estamos orgullosos… no importa de qué color seamos” guardan una estrecha relación con los discursos del presidente Obama.
Carlos Betriu
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22 jul 2013
Juana Ruíz, la tejedora del perdón
La violencia que vivió su pueblo despertó un lado que
desconocía: el de ayudar a otros.
Juana Ruíz (39 años, Mampuján- Bolívar- Colombia) siempre que habla,
se ríe. Su dentadura es grande, blanca y brillante. Su pelo es ensortijado y
tan negro como su piel. Juana es la sonrisa de Mampuján. “Pero de Mampuján, la
nueva”, aclara ella. Y lo hace para explicar que del original municipio no
quedó nada después de que los paramilitares pasaron por ahí y mataron y
obligaron a los campesinos a salir del pueblo.
Juana es una sobreviviente. Una de las cientos que están
logrando perdonar y dejar a un lado lo que pasó en marzo del 2000. “Ese día nos
cambió la vida a algunos. A otros se les acabó”, dice.
El 11 de marzo de ese año, 150 hombres armados y con
uniforme de las Autodefensas Unidas de Colombia (Auc) se tomaron el pueblo. Se
ubicaron en la plaza principal y advirtieron a los habitantes que debían salir
de ese lugar antes de la madrugada. Después de hacer el anuncio, masacraron a
doce campesinos en la vereda Las Brisas. “Lo hicieron a machete, con palos, les
cortaron la cabeza”, relata Juana, sin resentimiento. “Ya hay perdón. Ya
estamos sanos. Solo queremos caminar y seguir adelante”, dice. Pero no fue
fácil llegar a ese estado. Mucho menos lograr que a quienes les mataron en la
cara a sus familiares o a quienes sacaron de sus casas a punta de terror, se
les ocurriera pensar en el perdón. Y ese fue el reto de Juana. Lograrlo, la
convirtió en líder.
Ella estudió nutrición. Se imaginaba trabajando en una
clínica, vestida con una bata. “Y con tacones”, agrega. Pero ese día de marzo
del 2000 sus planes cambiaron. “Yo no podía ser indiferente a ese dolor, no
podía seguir con mi vida como si nada”, cuenta. Decidió entonces olvidar lo que
quería ser y empezar a ser lo que sentía que los otros necesitaban de ella.
“El desplazamiento despertó conflictos internos. Vivir en un
albergue después de lo que pasó no es fácil. Algunos hombres se volvieron
violentos porque no encontraban qué hacer para sostener a sus familias. Era difícil”,
asegura Juana. En medio del ambiente de incertidumbre y de temor, la comunidad,
sobre todo las mujeres, guiadas por Teresa Geiser, una sicóloga estadounidense
que llegó hasta allí para ayudar, empezaron con un proyecto que les cambió la
vida.
Tejiendo fueron liberando su rencor, tejiendo fueron
sanándose. Tejían dibujos que les recordaban lo que había pasado, pero también
quiénes eran. Las 250 familias que llegaron al nuevo Mampuján (cuatro calles
sin pavimentar) empezaron a olvidar y a creer que podían volver a ser los de
antes.
La primera audiencia de Justicia y Paz que encaró a los
perpetradores de ese capítulo negro en Mampuján con las víctimas, fue la prueba
de fuego. Juana envió con su esposo, el también líder comunitario Alexánder
Villareal, un par de biblias a los jefes paramilitares Edwar Cobos Téllez,
alias ‘Juancho dique’ y a Uber Enrique Banquez, alias ‘Diego Vecino’.
“Algunos de la comunidad decían que no, que no podíamos
perdonarlos, que no podíamos darles eso. Pero yo les decía que por el perdón
empezaba la sanación”, recuerda. Finalmente aceptaron. Y las biblias llegaron a
manos de ellos, que fueron los primeros jefes' paras' condenados bajo la Ley de
Justicia y Paz.
“Yo no sé si cerré mi visión, si mi ambición se acabó, pero
dejé de pensar en mi profesión y me concentré en proyectos que nos sirvieran a
todos”, cuenta. Tal vez por eso decidió hacer parte de la creación de
‘Asvidas’, una organización comunitaria que promueve el desarrollo y la
integración. Desde ahí, creó ‘Mujeres tejiendo sueños y sabores de paz’ que
además de adelantar procesos para lograr reparación, justicia y reconciliación,
busca generar proyectos que les den garantías económicas.
Hacen artesanías, cosen, tejen, cocinan. Tienen un lugar en
donde procesan alimentos. “Butifarra y bollos, tipo exportación”, dice Juana,
con orgullo. Y no está muy lejos de que eso suceda, de que lo que preparan
pueda ser vendido en otros países. La Fundación Clinton ya estuvo de visita en
el nuevo Mampuján conociendo los procesos. Ahora Juana y sus mujeres están a la
espera de una respuesta. Si esa fundación decide ayudarlos, es seguro que los
servicios que ellas ofrecen podrán ser mejor comercializados. “Ese sería un
alivio, poder vender afuera, tener más recursos”, asegura.
Juana está lista para una maestría en desarrollo comunitario
en la Universidad de Cartagena que logró gracias a una beca. “Quiero aprender
más, para enseñar”, parece ser la sentencia de la mujer que se volvió líder
después de la tragedia.
Sally Palomino C.
4 jul 2013
Fernando Chomalí
Arzobispo chileno dona herencia familiar para becar a
jóvenes universitarios
El Arzobispo de Concepción (Chile), Mons. Fernando Chomalí,
donó una herencia familiar para otorgar becas de alimentación a estudiantes
hijos de inmigrantes y padres privados de libertad de la Universidad Católica
de la Santísima Concepción (UCSC).
El Arzobispo recibió 26 millones de pesos chilenos (unos 50
mil dólares americanos) como parte de la herencia que dejó su tía materna,
Yolanda Gabib.
Mons. Chomalí decidió donar el dinero que le fue dejado a
él. "Yo creo que en Chile falta una mayor cultura de la donación, por eso,
creo este es un camino que tenemos que recorrer para una sociedad más justa, en
una apuesta de libertad para todos", enfatizó.
La entrega del donativo se realizó en una concurrida
ceremonia realizada en la Sala de Conferencias y Exposiciones de la UCSC,
universidad en la que el Prelado cumple la función de Gran Canciller. En la
cita, estuvo presente el rector de la casa de estudios, Juan Miguel Cancino,
así como oficiales de Gendarmería de Chile, la embajadora y representantes del
Estado de Palestina, familiares, y amigos del Obispo.
La UCSC presenta los mayores índices de alumnos con
problemas económicos de la región. "Siendo una ciudad universitaria, la
pobreza es grande. Creo que tenemos que hacernos cargo de los más pobres de los
pobres, y hoy los hijos de reclusos cumpliendo pena efectiva y los hijos de
inmigrantes lo son. Al menos, saben que alguien quiere tenderles una mano",
explicó Mons. Chomalí.
"Provengo de una familia de inmigrantes, soy segunda
generación de palestinos avecindados en Chile. Muchos, en virtud de su pobreza y discriminación no pudieron estudiar", añadió.
Finalmente, el rector del plantel afirmó que uno de los
desafíos importantes de la Universidad es brindar la posibilidad de que los
alumnos necesitados, cumplan sus expectativas. "Esperamos que este ejemplo
de generosidad sea seguido por muchos", concluyó.
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